18 años, algo de dinero en el bolsillo y una maleta con
una muda de ropa. Eso es lo único que necesitaría una Limón corriente para
independizarse y vivir sabrosas aventuras si hubiera nacido en cualquier otra
época o en cualquier otro país. Pero viviendo dónde y cuándo vivo... la lista
sería mucho mayor.
Mi
móvil, por ejemplo. Sí, lo admito, me gusta mi móvil. Hago el tonto con él. Soy
una chica un poco absorbida por las nuevas tecnologías, pese a que sigo siendo
un poco torpe con todas ellas. Es un poco una relación de amor-odio. Aunque
internet me parece fascinante, he pensado que me iría mucho mejor unos
cincuenta años atrás, cuando lo más sofisticado que pudiera echarme a la cara
fuesen un telegrama y si acaso, bordeando la moderned, una llamada de teléfono. Pero como he nacido a finalísimos del siglo XX, pues no hay otra. Mi móvil. Una blackberry encantadora que es sinónimo de su cargador, pos supuesto.
Un gps. Necesitaría eso, porque me oriento mal y los mapas... el día en el que vengan indicados claramente dónde está el derecho y el revés de los mapas me daré por satisfecha. Y si ya tuvieran una flechita que pusiera "Usted está aquí" sería maravilloso. Y alguien que cocinara. Porque ahí llegamos al segundo punto más problemático de mi emancipación. Cocinar se me da realmente mal, por dos motivos. Uno, la falta de entusiasmo por la cocina -¿tres horas para hacer un plato que como mucho te vas a comer en diez minutos? Venga ya, hombre- y dos, la falta de práctica. Me gusta el ambiente que se forma en la cocina cuando hay invitados, riendo, ayudando en la cocina, veinticinco improvisados chefs y otros tantos pinches, me gusta la cocina de mi casa donde independientemente de que lo queramos o no acabamos reuniéndonos todos, me gusta cuando la encimera está totalmente despejada -porque la encimera es monísima, blanca con motitas de colores. Buscadla, tutti frutti, de Silestone- pero ya está. Me gusta el ambiente de cocina, pero no me gusta cocinar. Y después de quemar unos macarrones mientras los hervía, creo que está justificado. Y sin embargo lo sigo intentando, ¿por qué? Probablemente porque mi neura perfeccionista parece no entender que Dios no nos ha llamado por ese camino.
Y mi maleta, que de momento incluiría ropa, zapatos -y ya con esto a maleta pasaría a ser maletón, no por nada sino porque la Naturaleza decidió regalarme un pie del 41-, tuppers llenos de comida para por lo menos sobrevivir bien nutrida la primera semana, una thermo mix, un microondas y un horno, que es lo que manejo más o menos aceptablemente y a ser posible alguien que cocinara por mí. Una compi de piso o así, porque eso de vivir completamente sola no mola nada. Y mi blackberry y su cargador. Y como soy una modernita, también se vendría el ordenador, su correspodiente cargador, mi auriculares maluchos del AVE que conseguirían seguir funcionales más o menos el mismo tiempo que me duraran los tuppers -tengo una maldición, la anti-tecnología de la que hablaré un día de estos, que se extiende a la vida útil de los auriculares que utilizo-, el iPod touch de generación australopithecus que le regalamos a mi padre y que por azares del destino acabé quedándome, mi edredón de plumas verde limón extragrande y al que adoro y no retiro casi hasta agosto y mi oso de peluche, al que bauticé en un arranque de imaginación a la edad de tres años como Osino. Y probablemente como me darían pena los demás, pues acabaría con dos o tres peluches más.
¿Hemos acabado?
No, querida, acabamos de empezar.
El maquillaje, que necesito capa y pintura por las mañanas, el cepillo de dientes, el dentrífico y el enjuague con flúor -familiares dentistas que me grabaron a fuego en la mente ciertas rutinas-, el limpiador de cara -sí, mi cuerpo aún no se ha enterado que soy una mujer madura y adulta que ya no necesita granos que griten JUVENTUD-, las pinturas de uñas por las que siento debilidad, mis cubos para reciclar de colorines que compramos en Ikea, el bolso-mételo-todo-no-se-sabe-que-hay-dentro-de-antes-se-rumorea-que-el-arca-perdida-y-el-Santo-Grial. Unas gafas de sol para que cuando mi cara parezca la de un zombi trasnochado. La cámara de fotos y los álbumes. Cosas para escribir: bolis, papel, plumas.
Y Libros. Con Mayúscula.
Ay, desde aquí declaro mi cruzada contra los e-books. Ni me gustan, ni me gustarán ni quiero que me gusten. No sucumbiré, un trozo de plástico no podrá sustituir el peso, el olor, el tacto y las páginas de un libro al uso, del de papel. Porque me encanta leer. ¿Y qué leo? Hasta los envoltorios de los caramelos. Todo, todo, todo. Adoro leer. Así que otro maletoncio iría cargado de mis libros imprescindibles, los de cabecera. Los que no podría dejar atrás para instalarme ni aunque quisiera, porque no.
Y claro, seguiría estudiando. Los libros de la facultad. Las montañas de apuntes, los rotuladores fosfis, los Códigos, los manuales, las ingentes cantidades de tila, valeriana y café, probablemente no todo junto. Ah, y el té. Me gusta el té. Y la tetera negra, para cuando me sintiera glamourosa e hiciera algo más que llenar un vaso de agua del grifo y meterla en el microondas.
Y esto es sólo lo que se me ha ocurrido así, a bote pronto.
El resto, lo que se me ocurra, lo que necesite decir, lo que necesite gritar indignada, lo que tenga que apuntar para que no se me olvide y las mismas aventuras que pienso vivir, tendrán que venir aquí. En las Crónicas Limonianas de un Limón cualquiera. De mí. Así que, bienvenidos.