lunes, 13 de mayo de 2013

¿El destino nos manda señales o se ríe de nosotros?


La verdad es que a estas alturas de la película yo ya no estoy segura ni de una cosa ni de la otra. Me gustaría creer que sí, que existe un mínimo de predestinación, pero por otra parte viendo como se me van frustrando las ilusiones que yo misma he medio fomentado porque el universo me ha ido dejando miguitas de pan, no sé si es mejor pensar que ahí arriba la cobertura va fatal y no nos llega nada o pensar que las tres destinos se lo pasan pipa enredando con los mortales y luego sencillamente eliminando sus planes. ¿Por qué? Ah, a mí que me registren, yo eso no lo sé. 

Hubo un momento en el que pensé que escribir lo que me gustaría que pasara en mi diario era sinónimo de fracaso, no, no me atrevía. Luego caí en la cuenta de que la libreta no tenía ningún tipo de maldición, simplemente las cosas no pasaban del modo que yo quería. Ni siquiera remotamente parecidas. Y cuando algo de improviso salía más o menos como yo quería, no reaccionaba en el momento por idiota.

¡Deja la vergüenza parte, tonta! ¡El no ya lo tienes!

Definitivamente la próxima vez que tenga a tiro al tío ideal, al menos físicamente para mí y no le pida el teléfono o algo así -si es que la oportunidad vuelve, porque la dejé escapar con una alegría francamente estúpida- me daré de cabezazos contra una pared. A ver si así espabilo.

viernes, 10 de mayo de 2013

Necesidades básicas


18 años, algo de dinero en el bolsillo y una maleta con una muda de ropa. Eso es lo único que necesitaría una Limón corriente para independizarse y vivir sabrosas aventuras si hubiera nacido en cualquier otra época o en cualquier otro país. Pero viviendo dónde y cuándo vivo... la lista sería mucho mayor.

Mi móvil, por ejemplo. Sí, lo admito, me gusta mi móvil. Hago el tonto con él. Soy una chica un poco absorbida por las nuevas tecnologías, pese a que sigo siendo un poco torpe con todas ellas. Es un poco una relación de amor-odio. Aunque internet me parece fascinante, he pensado que me iría mucho mejor unos cincuenta años atrás, cuando lo más sofisticado que pudiera echarme a la cara fuesen un telegrama y si acaso, bordeando la moderned, una llamada de teléfono. Pero como he nacido a finalísimos del siglo XX, pues no hay otra. Mi móvil. Una blackberry encantadora que es sinónimo de su cargador, pos supuesto.

Un gps. Necesitaría eso, porque me oriento mal y los mapas... el día en el que vengan indicados claramente dónde está el derecho  y el revés de los mapas me daré por satisfecha. Y si ya tuvieran una flechita que pusiera "Usted está aquí" sería maravilloso. Y alguien que cocinara. Porque ahí llegamos al segundo punto más problemático de mi emancipación. Cocinar se me da realmente mal, por dos motivos. Uno, la falta de entusiasmo por la cocina -¿tres horas para hacer un plato que como mucho te vas a comer en diez minutos? Venga ya, hombre- y dos, la falta de práctica. Me gusta el ambiente que se forma en la cocina cuando hay invitados, riendo, ayudando en la cocina, veinticinco improvisados chefs y otros tantos pinches, me gusta la cocina de mi casa donde independientemente de que lo queramos o no acabamos reuniéndonos todos, me gusta cuando la encimera está totalmente despejada -porque la encimera es monísima, blanca con motitas de colores. Buscadla, tutti frutti, de Silestone- pero ya está. Me gusta el ambiente de cocina, pero no me gusta cocinar. Y después de quemar unos macarrones mientras los hervía, creo que está justificado. Y sin embargo lo sigo intentando, ¿por qué? Probablemente porque mi neura perfeccionista parece no entender que Dios no nos ha llamado por ese camino.

Y mi maleta, que de momento incluiría ropa, zapatos -y ya con esto a maleta pasaría a ser maletón, no por nada sino porque la Naturaleza decidió regalarme un pie del 41-, tuppers llenos de comida para por lo menos sobrevivir bien nutrida la primera semana, una thermo mix, un microondas y un horno, que es lo que manejo más o menos aceptablemente y a ser posible alguien que cocinara por mí. Una compi de piso o así, porque eso de vivir completamente sola no mola nada. Y mi blackberry y su cargador. Y como soy una modernita, también se vendría el ordenador, su correspodiente cargador, mi auriculares maluchos del AVE que conseguirían seguir funcionales más o menos el mismo tiempo que me duraran los tuppers -tengo una maldición, la anti-tecnología de la que hablaré un día de estos, que se extiende a la vida útil de los auriculares que utilizo-, el iPod touch de generación australopithecus que le regalamos a mi padre y que por azares del destino acabé quedándome, mi edredón de plumas verde limón extragrande y al que adoro y no retiro casi hasta agosto y mi oso de peluche, al que bauticé en un arranque de imaginación a la edad de tres años como Osino. Y probablemente como me darían pena los demás, pues acabaría con dos o tres peluches más.

¿Hemos acabado?
No, querida, acabamos de empezar.

El maquillaje, que necesito capa y pintura por las mañanas, el cepillo de dientes, el dentrífico y el enjuague con flúor -familiares dentistas que me grabaron a fuego en la mente ciertas rutinas-, el limpiador de cara -sí, mi cuerpo aún no se ha enterado que soy una mujer madura y adulta que ya no necesita granos que griten JUVENTUD-, las pinturas de uñas por las que siento debilidad, mis cubos para reciclar de colorines que compramos en Ikea, el bolso-mételo-todo-no-se-sabe-que-hay-dentro-de-antes-se-rumorea-que-el-arca-perdida-y-el-Santo-Grial. Unas gafas de sol para que cuando mi cara parezca la de un zombi trasnochado. La cámara de fotos y los álbumes. Cosas para escribir: bolis, papel, plumas.

Y Libros. Con Mayúscula.

Ay, desde aquí declaro mi cruzada contra los e-books. Ni me gustan, ni me gustarán ni quiero que me gusten. No sucumbiré, un trozo de plástico no podrá sustituir el peso, el olor, el tacto y las páginas de un libro al uso, del de papel. Porque me encanta leer. ¿Y qué leo? Hasta los envoltorios de los caramelos. Todo, todo, todo. Adoro leer. Así que otro maletoncio iría cargado de mis libros imprescindibles, los de cabecera. Los que no podría dejar atrás para instalarme ni aunque quisiera, porque no.

Y claro, seguiría estudiando. Los libros de la facultad. Las montañas de apuntes, los rotuladores fosfis, los Códigos, los manuales, las ingentes cantidades de tila, valeriana y café, probablemente no todo junto. Ah, y el té. Me gusta el té. Y la tetera negra,  para cuando me sintiera glamourosa e hiciera algo más que llenar un vaso de agua del grifo y meterla en el microondas.

Y esto es sólo lo que se me ha ocurrido así, a bote pronto.

El resto, lo que se me ocurra, lo que necesite decir, lo que necesite gritar indignada, lo que tenga que apuntar para que no se me olvide y las mismas aventuras que pienso vivir, tendrán que venir aquí. En las Crónicas Limonianas de un Limón cualquiera. De mí. Así que, bienvenidos.